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La transformación de la Rusia Imperial del siglo XVIII puesta en evidencia a través de sus Artes Decorativas con el objetivo de occidentalizar su imagen política 

MARÍA CAMPOS CARLÉS DE PEÑA

Resumen

El presente artículo aborda las circunstancias que condujeron a Rusia a tomar contacto con la cultura occidental, con el objetivo de salir del ostracismo / isolation que la mantenía aislada, a partir de las postrimerías del siglo XVII y a lo largo del siglo XVIII, dada la determinación Pedro I el Grande y su descendencia hasta promediar el reinado de Catalina II y su hijo Pablo I.


La necesaria descripción y contextualización del contenido propuesto se debe iniciar a fines del siglo XVII y comienzos del XVIII, momento en que se dio por concluida la etapa histórica que abrigaba y circunscribía a la “vieja Rusia”; escenario en que durante el siglo X incluyó el relevante hecho de la fusión entre la cultura eslava con la bizantina y, de esta manera, se produjo la cristianización del Rus de Kiev; statu quo que se afianzó y permaneció vigente por los siguientes siete siglos. En el siglo XVIII el Zarato Ruso devino en el Imperio Ruso que abarcaba territorialmente desde Polonia hasta el Océano Pacífico.



En aquel entonces el Zar Pedro I el Grande (1672 – 1725), tercer hijo del zar Alejo I (1629– 1676) de la Dinastía Romanov y de su segunda esposa Natalia Narýshkina (1651-1694); nacido en Moscú, trascendió como el soberano más permeable al progreso de los monarcas rusos. Fue un renovador incansable y hacedor de la Rusia moderna. En 1682, a la corta edad de nueve años, fue coronado “co-zar” conjuntamente con su hermano discapacitado y de naturaleza enfermiza, Iván V Alexeievich. Más tarde, en 1689, con escasos diez y siete años, tomó las riendas del país luego de un golpe de estado que destituyó a su hermana Sofía – zarina regente- confinándola a un convento. Fue proclamado y coronado en 1721 emperador de todas las Rusias y reinó con determinación hasta su muerte, acaecida en 1725.

Este imponente e intrépido joven con educación parcialmente informal, se relacionaba con inmigrantes de toda Europa en el “Barrio Alemán” –ubicado en un suburbio de Moscú-, cantera intelectual y científica inspiradora de los cambios necesarios para modernizar el país. Frecuentó entre otros, al suizo Francois Lefort, el holandés Andrés Vicinus y el escoses Patrick Gordon, quienes lo asistieron en la ardua tarea de materializar revolucionarias reformas.

Fue el hacedor de políticas que incluyeron modificaciones sustanciales en la mayor parte de las áreas de la vida social y política del futuro Imperio y marcaron el inicio de una nueva era que, con el tiempo, convirtió a Rusia en una de las más importantes potencias europeas. Ejemplo de ello fue el cambio del calendario tradicional ruso por el “Juliano” – vigente en ese entonces en Inglaterra- en diciembre de 1699, momento en que para los antiguos rusos de acuerdo al devenir temporal era el año 7207 y el ciclo anual comenzaba en septiembre y no en enero como ocurrió a partir de entonces.

En otro orden de cosas, luego de su paso por Holanda, Inglaterra y Alemania en 1697 donde aspiró completar su formación personal. Se instruyó como armador de barcos y se empapó de los adelantos científicos más recientes. A su regreso se dedicó a construir astilleros para abastecer la flota con el objetivo de defender el territorio, comerciar fluidamente con el mundo exterior y comunicarse políticamente con Occidente.

Asimismo, cuando Rusia poseía tan solo un puerto en Arjangelsk, equipó su ejército para combatir contra la Suecia de Carlos XII en la Gran Guerra del Norte y conquistó los territorios de Estonia, Carelia, una porción de Ingría y de Finlandia con el propósito de acceder al Mar Báltico y marcar su supremacía sobre el litoral marítimo septentrional. Hecho que lo llevo en 1703 a proyectar la construcción y fundación de San Petersburgo en la bahía del Río Neva sobre tierras bajas e islas del delta, constituyéndose en la puerta de acceso al mundo occidental. Resultó ser la ciudad más moderna y europea del territorio y nueva capital del Imperio.

Es necesario agregar también que suprimió el Patriarcado de Moscú en 1708 y la iglesia debió subordinarse a las disposiciones del estado, sustituyéndolo por el Santo Sínodo. Del mismo modo y en aras de tomar férreas decisiones políticas, en 1711 reemplazó el Antiguo Consejo de Boyardos por un senado de nueve miembros nombrados por el mismo para elaborar y modificar leyes y reemplazarlo en su ausencia.

La cultura y la enseñanza fueron otros de sus desvelos y por ello fundó la Academia Militar, las Escuelas de Ingenieros y de Cirugía, además de planificar la Academia de Ciencias.

Los barbados obligados a rasurarse y la exigencia de ataviarse con vestimentas dieciochescas europeizantes fueron hechos que motivaron la rotunda desaprobación por parte de la aristocracia, imposiciones por decisión soberana, como fehacientes medios de exteriorizar la modernización de las costumbres en una decidida búsqueda de occidentalizar la fisonomía de sus habitantes, adoptadas con antipatía y desgano.

Entre los reinados que lo sucedieron es necesario mencionar al de la soberana Isabel I Petrovna Romanova (1709-1762) -segunda hija de Pedro I el Grande y Catalina I- quien reinó entre 1741 y 1762. Si bien no trascendió por su afición a las tareas de estado, se destacó al fundar en 1755 la Universidad de Moscú, en 1757 la Academia de Artes de San Petersburgo y por reorganizar la Academia de Ciencias. A su vez en 1754 mandó construir el nuevo Palacio de Invierno en San Petersburgo al reputado arquitecto italiano Carlo Bartolomeo Rastrelli (1675-1744) en estilo barroco isabelino y a escala monumental, reflejo de la grandeza y el poder que ya ostentaba el Imperio Ruso. En la actualidad es la sede del Museo del Hermitage.

 

      Durante más de medio siglo Rusia no solo se modernizó cultural y políticamente sino que además se consustanció con los cambios estéticos y estilísticos acaecidos y consolidados en Europa, artísticamente inmersos en los estilos tardo barroco y rococó respectivamente con significativas mutaciones en el tratamiento del arte en general.

     En una clara búsqueda por reforzar el poder, estas variables se utilizaron simbólicamente para exteriorizar la transformación política y cultural que se llevaba a cabo en la Rusia del siglo XVIII.

Las manifestaciones estilísticas resultaban útiles para transmitirla, constituyéndose en innovaciones incuestionables en todas las vertientes artísticas, exhibidas en el amplio universo de las artes decorativas como la orfebrería, la platería, la porcelana, el mobiliario y los textiles. Se trataba de un cúmulo de objetos de arte de un lujo sorprendente y factura rigurosa e inigualable. Artistas y artesanos equiparon y adornaron los monumentales palacios que arquitectos de la Europa Occidental proyectaron y construyeron, como lo fueron Bartolomeo Rastrelli (1700-1771) y, más tarde, durante el reinado de Catalina II, Giocomo Quarrenghi (1744-1817) ambos de origen italiano.

     Mediante el empleo de maderas exóticas como la caoba traída de América y el ébano de Oriente y, las locales como el abedul de Carelia y el citronier; asi como también suntuosos materiales y refinadas técnicas como el uso del acero procedente de la Manufactura Nacional de Armamentos de Tula, centro metalúrgico, fundado por Pedro I el Grande, ubicado al sur de Moscú activo desde 1712; el lapislázuli, la malaquita, el jaspe, el ámbar, el cristal, el vidrio eglomisé, el bronce sobredorado, el cobre, los esmaltes, el marfil, la seda y los espejos, fueron insumos útiles para la realización de piezas de mobiliario y objetos de arte que, sin límite de costo, adaptados a la usanza europea, siguieron los conceptos modales vigentes en la época.

      Al comienzo del mencionado proceso, pinturas, espejos, mobiliario y demás enseres fueron transportados consigo para su uso personal por Pedro I el Grande, luego de su paso por Holanda e Inglaterra; de esta manera equipó el Palacio de Verano / Peterhof, su primera morada en San Petersburgo, construido entre 1710 y 1714 por el arquitecto de origen suizo Domenico Trezzini (1670- 1734).

      Interesa mencionar a su vez el Palacio Menshikof erigido en 1720 por los arquitectos Fontana y Schädel para el príncipe homónimo – mejor amigo de Pedro el Grande- y decorado con mobiliario de estilo tardo barroco –propio del primer cuarto del siglo XVIII- como cabinets, asientos ingleses de estilo Reina Ana y mesas con patas cabriolé de madera de nogal, así como también azulejos holandeses con la característica paleta blanca y azul cubrían algunos de sus muros.

 

      Más tarde, una vez que hizo escuela, artesanos rusos reprodujeron los modelos de muebles, porcelanas y platería europeas, con la estilística propia de la época en estilo rococó -poblados de curvas y asimetría- pero, dotados del boato y cariz personales, propios de la producción de artes decorativas rusas, capaces de plasmar en las piezas de suntuosidad, como lo fue la magnífica producción de porcelanas de la Imperial Manufactura de Porcelana.

 

A partir de la segunda mitad del siglo XVIII se inicio un nuevo ciclo histórico y artístico. En primera instancia bajo la potestad del zar Pedro III, quien reinó en Rusia durante un lapso muy breve en 1762 y que más tarde fue continuado por su esposa y futura zarina Catalina II la Grande.

Ésta nació en Pomerania, actual Polonia en 1729, originalmente llamada Sofía Federica Augusta, quien movida por ambiciones personales urdió y encabezó un complot para asesinar a su esposo el zar, en manos del príncipe Orlov y arrebatarle el trono.

Por todo ello, Yekaterina Alekséyevna –asi señalada en ruso-, fue ungida como Emperatriz Catalina II la Grande, zarina de todas las Rusias, y reinó desde 1762 hasta 1796, de esta manera garantizó la sucesión dinástica.

Se destacó por su lucidez e inteligencia, se distinguió además por poseer un carácter decidido, visión de estadista, una amplia cultura y gustos refinados; esta zarina de origen y mentalidad alemanes, profundizó la modernización del estado y, con el afán de renovar las estructuras del país mandó construir hospitales, asilos y escuelas.

 Sin embargo, su autoritarismo tuvo visos de despotismo. Por pura conveniencia política se convirtió a la Iglesia Ortodoxa Rusa e implantó la tolerancia religiosa; por lo demás, tomó medidas represivas en relación con la nobleza y mantuvo en malas condiciones a la plebe campesina.

        En su afán de mantenerse actualizada, cultivó una estrecha relación con los iluministas franceses a quienes atrajo a su corte persuadida de la importancia que tendría para Rusia la renovación del pensamiento y, con idénticas objetivos, Rusia constituyó un refugio para los sacerdotes jesuitas perseguidos.

        Durante su reinado fundó la “Guilda de ebanistas de San Petersburgo” en 1794, en la que ya participaban 124 maestros, 285 jóvenes ebanistas y 175 aprendices, hecho que provocó un desarrollo sistemático del mundo de las artes decorativas rusas influido por el mundo artístico europeo.

       En el seno de la corte rusa que rodeaba a la zarina se destacaron lúcidos, talentosos y rigurosos ebanistas tanto rusos como extranjeros de variados orígenes, inspiradores de un gusto netamente europeizante de plectro neoclásico vigente durante el último cuarto del siglo XVIII. Esta nutrida producción equipó y adornó monumentales palacios -obras de arquitectos occidentales- como el Tsarskoye Selo, situado a las afueras de San Petersburgo. Erigido por el arquitecto, de origen escocés, especialista en el arte neoclásico, Charles Cameron (1745 - 1812).

     Es posible definir el estilo neoclásico ruso como una estética impregnada de energía, racionalidad y equilibrio, propios del esplendor del mundo clásico, homologable al gusto francés de la corte de Luis XVI y María Antonieta aunque, excedido en sus proporciones ornamentales. La funcionalidad necesaria llevó a su vez a diseñadores y artesanos a replicar las tipologías vigentes en aquellas latitudes. A pesar de ello, la fastuosidad de materiales y técnicas implementadas en las piezas de origen ruso como el acabado esmaltado, estructuras construidas con piedras duras o cristal, hizo que ellas fueran claramente diferenciables con las confeccionadas contemporáneamente en Francia o Inglaterra.

    Interesa mencionar y destacar el trabajo de aquellos ebanistas rusos que gozaron de notoriedad en la época por su labor y que diseñaron y abastecieron de magníficas piezas de arte a la zarina y su corte como lo fue Andrei Voronikhin (1760-1814), ebanista ruso nacido siervo e hijo ilegítimo del Conde Strogonov, quien en 1790 ganó su libertad y trabajó como arquitecto con su colega Brenna; Pavel Spol (s/d) era otro talentoso ebanista originario de Moscú; Piotr Lukutin (s/d), ebanista especialista en laca Vernis Martin quien firmaba sus obras con dos águilas, símbolo imperial.

     En cuanto a ebanistas llegados desde Europa Occidental y que, por múltiples motivos emigraron rumbo a Rusia, cabe recordar a Christian Meyer (1750- ); al arquitecto y ebanista de origen escocés, nacionalizado ruso Charles Cameron o Karol Larlovich (1740-1812), anteriormente mencionado; a Vincenzo Brenna (1745-1820), arquitecto y ebanista italiano discípulo de Cameron; así como también su discípulo, el arquitecto y ebanista Carlo Rossi (1775-1849). Es necesario también destacar trabajos del ebanista David Roentgen (1741-1809) de origen alemán, quien fue el “maestro ebanista a transformación del rey Luis XVI”. Éste se trasladó de París a San Petersburgo en 1783 acompañado por su discípulo el ebanista Heinrich Gambs (1765-1831); Henri Jacob (1753-1824), ebanista francés con título de maestro ebanista desde 1779 y que, debió huir de Francia con rumbo a Rusia a comienzos de la Revolución Francesa por ser uno de los más renombrados ebanistas del monarca francés.

      Se formaron con el espíritu clásico imperante en la época y, sobre estructuras rectilíneas donde volcaron elementos decorativos que constituyeron la sumatoria de ornatos neoclásicos. Ejemplo de ello son las columnas estriadas, frontis, palmetas, cariátides y otras figuras míticas como el cisne u otras figuras zoomorfas, ajustadas al equilibrio estético y al rigor del mundo greco romano; además de la omnipresente águila bicéfala, símbolo de la Casa Romanov.

El mensaje de renovación puesto de manifiesto a través del arte, demostró todo aquello que Rusia fue capaz de alcanzar, quedando atrás el sentido de aislamiento e incomunicación, resultado obtenido gracias a la visión política y la decisión inapelable del Zar Pedro I el Grande, emperador de todas las Rusias, quien a su vez instó a su descendencia a continuar la faena sin perder su identidad.


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Verlet, Pierre. (1972). Styles Meubles Decors. Du Louis XVI a nos jours. Paris, Francia: Librairie Larousse.


Epígrafes

Fig. 1

Escudo de la Casa Romanov.

De Katepanomegas; CC BY-SA 3.0; https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=31288121

Fig. 2

Palacio de Invierno, San Petersburgo, 1840.

Acuarela

Autor: Vasily Sadovnikov

Fig. 3

Muros cubiertos de azulejos de la Manufactura de Delft, c.1720.

Apartamentos de Varvara Arsenieva, Palacio Menshikov.

San Petersburgo.

Fig. 4

Servicio de café de porcelana, siglo XVIII.

Perteneciente a la Zarina Isabel Petrovna.

Autor: Dmitry Ivanovich Vinogradov.

Manufactura Imperial de Porcelana de San Petersburgo.

Fig. 5

Sillón de madera sobredorada y patinada con tapizado de época, 1784.

Diseño de Cameron.

Salón chino de la Emperatriz Catalina II del Palacio Tsarskoye Selo.

San Petersburgo.


María Campos Carlés de Peña

Profesora titular de la cátedra de Historia de las Artes Decorativas I° y II° en la carrera de Gestión e Historia de las Artes en la Universidad del Salvador, USAL. Escribió el libro Un legado que pervive en Hispanoamérica. El mobiliario del Virreinato del Perú de los siglos XVII y XVIII. Ediciones El Viso-España, 2013.

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