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El gestor cultural como intelectual

JORGE ZUZULICH

Resumen

El presente artículo propone una lectura divergente sobre el modo de comprender el sentido de la gestión cultural. El desarrollo propone una tensión entre la visión instrumentalista de esta y un posicionamiento intelectual sobre la misma. Esta doble vertiente, signada por la fricción, implica, además, una divergencia ética que establece como polaridades, por un lado, la demanda del mercado de bienes culturales y, por otra, una mirada crítica sobre el campo artístico y sobre el propio rol.

Palabras clave: Gestor Cultural, Intelectual.

I.-

Es, al mismo tiempo, una bendición y una maldición para la gestión cultural el naufragar en los mares de la indefinición.
Tal vez, el carácter regresivo o negativo en torno a un posible intento de definición pueda ser adjudicado a la estrecha vinculación de la disciplina con el campo de la técnica, esto es, a ser definida a partir de una disposición que se orienta a la resolución de determinados problemas prácticos dentro del campo artístico-cultural. En definitiva, la gestión cultural es pensada, en términos extendidos, como un ámbito cuya pretensión consiste en establecer ciertos parámetros dentro de los cuales se concertarían los medios legítimos para la consecución de determinados fines. Fines cuyo establecimiento parecerían escapar a su dominio específico. Medios cuyos alcances estarían vinculados tanto a la obtención y administración de los recursos económicos como a la configuración formal de las propias organizaciones.

De esta manera, el dominio de la administración y el de la gestión cultural parecen confundirse.

Quizás, con la adjudicación de estas características operacionales a la gestión cultural es que pueda certificarse la aparición de un perfil profesional que reviste características estelares: el fundraiser. Un perfil de profesional que hace posible lo imposible, esto es, la emergencia de los fondos que materializan las propuestas artístico-culturales. Y esta operación posiciona, de manera preferencial, este rol en la medida que su actividad profesional brinda soluciones a la imperiosa necesidad institucional de efectivizar la concreción de sus proyectos dentro del escenario propuesto por el campo cultural.

En este marco, determinado por la lógica económica-cultural del capitalismo tardío, eficacia y eficiencia se convierten en los axiomas a los cuales debe responder el accionar del gestor cultural. Axiomas que contienen, a veces de forma velada y otras veces expresa, la necesidad de convertir las experiencias de los sujetos en meros actos de consumo. Por lo tanto, la demanda manda y articula tanto la producción, como la circulación y, desde ya, el consumo de las producciones simbólicas.

Desde este posicionamiento, ¿sería posible establecer con claridad meridiana una distinción entre marketing y gestión cultural? Tal vez, y a riesgo de exageraciones, podríamos señalar que toda experiencia contemporánea parece atravesada por esta lógica empresarial.

Lo cierto es que esta visión instrumental de la gestión está en proceso de naturalizarse (si ya no lo ha hecho), esto es, de erigirse como una verdad incuestionable ocultando sus propias condiciones socio-históricas de emergencia y legitimidad.

Precisamente, por este hecho, y en el exacto momento en que esta dinámica está desplegándose, sea necesario abrir numerosas líneas de fuga que nos permitan constituir nuevas perspectivas y, con ellas, nuevos escenarios de discusión, los cuales posibiliten la restitución de un sentido crítico para la conceptualización de la gestión cultural.

II.-

Quisiera proponer, entonces, como un intento de redefinición del territorio de la gestión cultural, la recuperación de una relación que ha estado presente dentro de la historia de la cultura: la de su vinculación con el posicionamiento intelectual.

Repasemos, brevemente, algunos señalamientos de Zygmunt Bauman sobre la cuestión de la intelectualidad. Dice el sociólogo polaco: “En cualquier momento y lugar, ‘los intelectuales’ se constituyen como efecto combinado de movilización y autoreclutamiento. El significado intencional de ‘ser un intelectual’ es elevarse por encima de la preocupación parcial de la propia profesión o género artístico y comprometerse con las cuestiones globales de la verdad, el juicio y el gusto de su tiempo. Las decisiones de incorporarse a un modo particular de actividad trazan y retrazan la línea que divide a los intelectuales’ de los ‘no intelectuales’” (Bauman; 2005: 10).

En primer lugar, Bauman deslinda, en la definición del intelectual, la pertenencia de este a algún ámbito definido de la producción cultural. Segundo, ser intelectual es más bien una disposición de los sujetos los cuales, en determinadas circunstancias socio-históricas, autodefinen consensuadamente un territorio del cual emerge un posicionamiento que es, ante todo, ético y, a la vez, crítico. Este punto de vista considera ineludible la concreción de acciones que tiendan a acortar la brecha entre la actualidad del propio campo y a lo que este debería tender.

De esta manera, y para zanjar la distancia que propone la señalada cesura, el intelectual interviene de manera decisiva en su campo y, por ende, su acción participativa y consciente modifica la configuración del ámbito cultural.

Entender de esta manera la gestión cultural implica que ella no se somete al mero dominio de un conjunto de técnicas operativas sino que, por el contrario, presupone un conocimiento profundo del campo en donde opera, de su dinámica e historia, de la actualidad de sus producciones y del abanico de posibilidades interpretativas que ellas reclaman. Sólo a partir de este entendimiento es factible entender la gestión cultural como una irrupción.

A la vez, gestionar en cultura es posicionarse de manera particular en la encrucijada que nos proponen dos términos: visibilidad y legibilidad. Dar a ver y proponer múltiples lecturas, mostrar lo inaudito. Correr el velo de la tradición y reposicionar a los actores y a las producciones en un nuevo sistema de relaciones.

Para lograr este cometido es necesario tomar partido; para usar palabras de Benjamin en relación con la labor del crítico: Quien no pueda tomar partido, que se mantenga en silencio (Benjamin; 1987: 45).

Me permito introducir una digresión para ejemplificar el presente desarrollo, creo que existen demasiados ejemplos en la historia del pensamiento de esta relación en donde intelectualidad y gestión confluyen para producir fuertes efectos disruptores en un campo específico o, incluso, muchas veces desbordándolo. A continuación algunos ejemplos escogidos al azar o, más bien, signados por una identificación afectiva.

El año 1945 nos señala el nacimiento, en Francia, de un proyecto editorial que tendría repercusiones a nivel mundial en el campo político y del pensamiento, de él Jean Paul Sartre fue el protagonista central, secundado en la fundación por Simone de Beauvoir y Maurice Merleau Ponty. En tal sentido, Le Temps Modernes “[…] aparece como un instrumento decisivo, que refuerza su posición y la transforma en una empresa colectiva, una nueva ‘escuela de pensamiento’, el ‘existencialismo’” (Boschetti; 1990: 10).
Durante 1936, Henri Langlois, un coleccionista de cine, funda la Cinemateca Francesa, espacio que formará, quizás, a una de las más representativas generaciones de directores cinematográficos franceses, aquellos que se aglutinaron en la denominada nouvelle vague. La Cinemateca se convirtió en un faro institucional y político hasta la actualidad. Tal era la representatividad de Langlois dentro del campo cinematográfico (sustentada en su intervención) que le ganó la pulseada al Ministro de Cultura de Francia cuando este le pide la renuncia en 1968. El vencido era nada menos que André Malraux.

Desde la década del treinta la labor de Jorge Romero Brest como crítico de arte, docente y teórico lo sitúa como una de las figuras que supo amalgamar intelectualidad y gestión. Fundador de la revista Ver y Estimar y luego como director del Museo Nacional de Bellas Artes y del Centro de Artes Visuales del mítico Instituto Di Tella estuvo en el centro de las rearticulaciones productivas y receptivas dentro del campo de la plástica argentina de aquellos años.

Merece especial atención los debates propuestos desde la revista Punto de Vista. Fundada en 1978, la revista dirigida por Beatriz Sarlo y un comité editorial compuesto por prestigiosos hombres de la cultura, se convirtió en referencia ineludible dentro de los debates del universo intelectual argentino, primero como espacio de resistencia frente a la dictadura militar y luego, con el advenimiento de la democracia, como generadora de intensas discusiones tanto en el ámbito de lo político como de lo estético.

lll.-
Para concluir, podría pensarse que, frente a la asepsia que instaura el posicionamiento técnico en tanto operación que garantiza una pretendida objetividad, la mirada del gestor-intelectual se construye a sí misma tomando partido por el establecimiento de una determinada direccionalidad para el campo en cuestión y ese sentido, a su vez, toma distancia de cierto tono pragmático propio del campo económico y financiero. No es que el dinero no sea necesario, sino que el mismo no se constituye como finalidad.

Es así que, operar en el campo cultural implica, no solamente, conocer a la perfección su dinámica, sus producciones, sus tendencias, sino también las directrices de las líneas de fuerzas que lo componen, dicho de otra forma, la manera en que se establecen las disputas entre sus agentes, querellas a partir de las cuales devienen los posicionamientos dentro del mismo.

En cierta manera, persistir en el establecimiento de esta perspectiva, esto es, de constituir al gestor cultural como intelectual implica tener en claro que las decisiones que se toman en el seno del campo en cuestión establecen, con cierta claridad, una toma de posición que tiende a producir determinadas acciones para la reconfiguración de algunos aspectos relativos al mencionado campo, en donde ya nadie, ni siquiera el propio gestor, puede refugiarse bajo el aura de la inocencia o de la pura objetividad.

Tal vez pueda esgrimirse, con acierto crítico, que este posicionamiento podría contener, en su despliegue, una visión idealizada de la actividad intelectual y, a la vez, un sentido elitista en tanto colocaría al intelectual como visionario, como aquel que señala el camino a seguir, sustentando su actividad en una suerte de mesianismo vanguardista. Creo que ese peligro se encuentra latente, pero también en su accionar hallaremos el propio antídoto. La directriz, el señalamiento intelectual, implica forzar una apertura justamente allí donde el campo tiende a cerrarse.

¿Qué podría generarse a partir del ámbito de la gestión cultural entendida como espacio intelectual? Quizá, sería deseable el despliegue de una espacialidad abierta engendrada a partir de múltiples intersecciones, la cual alojaría en su seno el embrión de un conocimiento productivo que tome el devenir de una experiencia colectiva e interpeladora como constructora de una cultura que, lejos de la afirmación, nos instale en una territorialidad inevitablemente crítica.

Bibliografía
Bauman, Z. (2005). Legisladores e intérpretes. Sobre la modernidad, la posmodernidad y los intelectuales. Buenos Aires: Universidad Nacional de Quilmes.
Benjamin, W. (1987). Dirección única. Madrid: Ediciones Alfaguara.
Boschetti, A. (1990). Sartre y “Les Temps Modernes”, Una empresa intelectual. Buenos Aires: Nueva Visión.
Jorge Zuzulich 
Director de la carrera de Gestión e Historia de las Artes-USAL. Magíster en Historia del Arte Argentino y Latinoamericano (IDAES-UNSAM). Doctorando en Arte Contemporáneo por la Universidad Nacional de La Plata. Es investigador y docente universitario de grado y posgrado.
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